Los jóvenes en ocasiones son víctimas de padres perfectos que han olvidado cómo equivocarse.

Los jóvenes en ocasiones son víctimas de padres perfectos que han olvidado cómo equivocarse.

 

Con gran lucidez y acierto diversas publicaciones especializadas señalan que el principal problema de algunos jóvenes de hoy radica en parte en su falta de sentido, su vacío existencial, su incapacidad para descubrir un horizonte donde todo pueda adquirir un valor único. Se les llama “jóvenes sin memoria”, poniendo de relieve de manera implícita cómo en su generación se esconden los dramas de la generación precedente.

 

Retirarse frente al sufrimiento

Todo comienza con aquellos que vivieron la guerra y sufrieron el hambre posterior. De niños, fueron testigos del ingente esfuerzo de sus padres para poder sacarlos adelante y reconstruir un país; de mayores, hicieron todo lo posible para que sus hijos no sufrieran y que la vida les resultara más sencilla de afrontar. Sin duda, transmitieron con su ejemplo el sentido del esfuerzo y del sacrificio, pero no de la conquista, aunque nos cueste.

Y así, como soldados bien equipados pero temerosos del fragor de la batalla, las generaciones occidentales cada vez se retiran antes frente al sufrimiento, rechazando permanecer en contacto con el misterio de la ausencia, de lo que no existe, de lo que ya no está y de lo que aún no sucede. De todo aquello que no somos capaces de aferrar y retener.

 

Una sana herida

En las últimas décadas, esta parálisis ante el dolor, ha producido una búsqueda, a veces obsesiva e incluso morbosa, del placer y la satisfacción, oscureciendo la actitud fundamental del hombre de afrontar el fracaso y crecer en la derrota. En consecuencia, podemos encontrar en escena padres incapaces de soportar sus propios errores, indefensos al reconocer que son una de las primeras causas de la “infelicidad” de sus propios hijos. Pero, paradójicamente eso es precisamente lo que un padre ha de generar en su hijo: una “sana herida” que le descubra esa insatisfacción tan humana y esa sensación de “finitud” tan necesaria para ponerse en juego y encontrar por fin su propio camino.

Nuestros jóvenes en ocasiones son víctimas de padres teóricamente perfectos que han olvidado cómo equivocarse, que han dejado de aceptar llevar el sufrimiento y el dolor a la vida de los que aman, de padres incapaces de verlos suspirar.

Desde pequeños, les impedimos la decepción, les privamos de la oportunidad de percibir que necesitan otra cosa, algo que pueden pedir o buscar. Les llenamos de juguetes, dibujos, pagas, distracciones, ropa, etc., para que no lloren. Les enseñamos a llamar “malo” al escalón en el que han tropezado, al amiguito que les ha quitado el columpio, al profesor que les ha corregido. No siendo capaces de soportar nuestro dolor, les alejamos del suyo. Evitamos su llanto, por no tener que sufrir el nuestro. No sabemos (o no podemos) hacerlo de otra manera.

 

Recuperar la promesa

Sin embargo, normalmente al llegar a la adolescencia, nuestros hijos descubren por sí mismos hasta qué punto hay una clara desproporción entre lo que existe y lo que se anhela; les arrojamos a un vacío que ningún trabajo, éxito ni abrazo podrá colmar. Sólo habrá una compañía capaz de devolverles la esperanza en ese mar donde reina la soledad. Una verdadera amistad con Alguien que nos ayuda a recuperar esa promesa que nos arranca de la nada y nos redescubre cada día el sentido de nuestra vida.


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