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Quizá Judas empezó por el fariseísmo de sentirse de los que van bien, de «no ser como los demás».

 

Al contemplar la Pasión de Jesús, podemos entender la cobardía de Pedro, su debilidad y su llanto por la negación. Algo más nos cuesta identificarnos con Judas, con la dureza de su corazón y sus consecuencias. Y ese rápido rechazo del traidor nos priva de lo que su historia puede enseñarnos.

El apóstol que vendió a Jesús era uno de los próximos. Había disfrutado de la intimidad de Cristo y su afecto; había sentido el ardor del amor de Dios, la felicidad de la primera entrega. Su proximidad está fuera de duda: era el tesorero del grupo, lo que mostraba la confianza del Señor en él. Su vida tenía tanta normalidad externa que los otros no sospechaban su traición: «los discípulos se miraban unos a otros sin saber de quién hablaba» y «ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía» (Jn 13,22-28).

 

Judas, un hombre religioso

Su alejamiento fue compatible con una apariencia externa de hombre religioso. Fue un “mal” del corazón: «el diablo había puesto en el corazón de Judas el propósito de entregar a Jesús» (Jn 13,2). Vemos el camino sutil del pecado en las personas de práctica religiosa.

Quizá empezó por el fariseísmo de sentirse de los que van bien, agradeciendo al Señor «no ser como los demás», ser judío de pura cepa y no galileo (cfr. Lc 18,9-14). Tal vez se veía como el hermano mayor de la parábola del Hijo Pródigo, con derecho a exigir y juzgar. Quizá el mucho trabajo por Jesús – llevaba la logística del grupo (cfr. Jn 13,26) – le hizo pensar que hacía más que otros, sin ser suficientemente reconocido. Tal vez esa flecha del mal espíritu abrió el camino a la irritabilidad y al juicio duro, manifestado en su apreciación sobre María de Betania cuando rompió el frasco de perfume en los pies de Jesús.

Y así Judas se fue ensimismando y alejando del maestro, aunque continuaba físicamente al lado de Jesús y cumpliendo externamente. Atendía con eficacia los objetivos, pero perdía la atención al Señor y el cuidado y el respeto a los demás. Se le fue enfriando el afecto y empezó a mirar a Jesús con dureza desde la distancia. Quizá Judas acudió a los príncipes de los sacerdotes buscando solo que le hicieran caso y le compadecieran, o para quejarse y atraer la atención sobre sí. No había inicialmente codicia de dinero por la entrega del Señor, ni siquiera tenía una cantidad fijada: «¿Qué queréis darme y yo os lo entregaré?» (Mt 26,13). Judas entregó a Cristo con un beso, el gesto reservado a los cercanos, vaciándolo de sentido. Último paso del itinerario desde la proximidad externa al alejamiento interno.

¿Dónde está nuestro corazón?

De  nada  sirvieron  los intentos del Maestro, que le llama amigo apelando a su corazón hasta el final. Desconocemos el final de su historia. Sabemos lo externo: se dio muerte. Pero nadie puede asegurar lo que pasó en los últimos momentos. No podemos descartar que quien rescató a un desconocido ladrón en la misma Cruz, se colara también en el último suspiro de la vida del amigo.

En todo caso, Judas requiere una especial consideración para los que pretendemos vivir cerca del Maestro: ¿dónde está nuestro corazón? ¿Próximo al Señor o mirándolo desde la distancia?

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