Los laicos también contribuyen «al crecimiento del Reino de Dios en el mundo».

Los laicos también contribuyen «al crecimiento del Reino de Dios en el mundo».

 

Según la constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, los laicos son los fieles que siguen al Señor «en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las ocupaciones ordinarias de la vida familiar y social» (LG 31). Mientras que a algunos el Señor los llama a seguirlo viviendo como él vivió, en pobreza, castidad y obediencia, a otros el Señor pide lo que al hombre de quien expulsó demonios: «vuélvete a tu casa y cuenta qué grandes cosas ha hecho Dios contigo» (Lc 8,39). Es tarea de ellos «tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios» (LG 31).

En el capítulo sobre el laico del libro de Hans Urs von Balthasar Estados de vida del cristiano leemos que quienes no tienen votos ni son sacerdotes no necesitan otra distinción, porque su consagración es el bautismo. Para ellos «la gracia contiene siempre al mismo tiempo un envío, una tarea determinada eclesialmente, una responsabilidad por la totalidad del Cuerpo de Cristo».

Hay que hacer espacio a la gracia para que nos lleve donde quiera y nos permita asumir cristianamente nuestras tareas. Esto, según Balthasar, requiere mucha oración y desprendimiento: la actitud de seguimiento del Señor se aprende cada día en la contemplación del Evangelio. Ahí captamos, espontáneamente, la humildad, la discreción, la modestia, el servicio… y somos impulsados hacia la entrega en la misión propia. Vemos así que todos debemos vivir guiados por el espíritu de los consejos evangélicos, aunque sólo algunas personas —los consagrados— estén llamados a emitir votos o promesas formales de pobreza, castidad y obediencia.

 

Para utilidad de todos los hombres

 

El Concilio pide a los laicos que «desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo desde dentro, a modo de fermento. Que contribuyan eficazmente a que los bienes creados sean promovidos para utilidad de todos los hombres» (LG 31), que «coordinen sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo», sabiendo que «en cualquier asunto temporal deben guiarse por la conciencia cristiana» (LG 36).

Las tareas se asumen personalmente, pero dentro de una comunidad. «Cada miembro está al servicio de los otros miembros del Cuerpo» dice San Pablo (Rom 12,5). Según Lumen Gentium es tarea de los laicos contribuir a las necesidades de la Iglesia, auténtico seno donde recibimos lo que necesitamos: la palabra de Dios, los sacramentos, el magisterio, su doctrina social, la renovación de la oración… y también espacios de encuentro, de amistad, incluso de intercambio profesional, en los que, buscando acercarnos «a un conocimiento más profundo de la verdad revelada» (LG 35), podamos ayudarnos a discernir cómo actuar cristianamente en las situaciones concretas de nuestro mundo. El Concilio nos pide no esconder nuestra esperanza en el interior del alma, «antes bien manifiéstenla», dice, porque «es necesario que todos contribuyan a la dilatación y al crecimiento del Reino de Dios en el mundo» (LG 35).

El bautismo es una vocación exigente. La de los laicos, dice Balthasar, «es una perfección verdadera, aunque es una perfección en peregrinación, que tiende y está abierta a Dios».

 

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