Las cerezas están maduras (detalle, ca. 1930) Adam Emory Albright.

Las cerezas están maduras (detalle, ca. 1930) Adam Emory Albright.

La revelación cristiana es el anuncio y la entrega que el Padre hace de sí mismo en su Hijo Jesucristo y en el Espíritu Santo. Donación viva y amorosa por parte de Dios que pide del hombre la respuesta de la fe. Primero es la Palabra de Dios y después nuestra respuesta, que se forma a partir de la Palabra. En efecto, la verdad de la fe ―lo que creemos― es determinante y a partir de ella se desarrolla la vida cristiana.

Surge así una relación unitiva e íntima entre el hombre agraciado y el Señor que otorga la gracia, entre la Vid y los sarmientos (Jn 15,5). Esta vida divina en nosotros, recibida ante todo en los sacramentos, exige una respuesta que no se pronuncia solo con los labios (1 Jn 3,18) sino con la vida misma. Son, pues, altas las exigencias morales que regulan nuestra relación con Dios y con los hombres. Entrega generosa que desde el mandamiento del amor se prolonga en directrices morales sobre la vida personal y comunitaria, sobre el matrimonio y la familia, sobre el orden sociopolítico, sobre el cuidado de la creación y de los más necesitados.

Es importante caer en la cuenta del lazo que une las reglas de conducta y la vida de Cristo. Seguir a Cristo es el fundamento esencial y original de la moral cristiana. No solo como modelo a imitar sino sobre todo como vida participada y recibida del mismo Cristo. El primer criterio de vida cristiana es la perfección del amor en el seguimiento de Jesús, que cada uno vive según los dones espirituales recibidos (vocación, estado, dones particulares, etc.). Lo definitivo sigue siendo la caridad que lleva al amor del Crucificado y al olvido de sí mismo (1 Cor 13). Caridad que puede exigir mucho del hombre, porque al Hijo en la cruz se le ha exigido todo. Precisamente la Iglesia tiene la misión de cuidar que la respuesta del creyente corresponda adecuadamente al amor total de Dios.

Exigentes mandatos éticos del Nuevo Testamento que nos son donados en nuestra vida en Cristo, quien nos hace interiormente capaces de cumplir con Él la voluntad del Padre. Vida moral que no puede olvidar que el centro candente es la vida teologal. No perdamos de vista el eje y justificación de toda moralidad, sin el que rápidamente se enfría en el pecado o cae en un fariseísmo cumplidor: el encuentro siempre vivo con Dios que nos interpela con su Palabra. Es el Señor Resucitado, cuyos «ojos como llama de fuego» (Ap 1,14) nos penetran y purifican, cuya vida nos fortalece hacia una nueva obediencia, cuyos mandatos nos instruyen y dan plenitud. Es el poder de su amor el que nos impulsa siempre de nuevo a servir al mundo y a realizar la misión propia.

Para que su amor donado pueda permearnos con fruto, necesitamos ser personas espirituales, capacitadas por la gracia para escuchar la Palabra y seguir por la senda trazada por la libertad que ella otorga y por la adecuada disponibilidad del hombre. Respuesta personal que ha de brotar con agradecimiento y alegría por la nueva vida. Siguen siendo hoy verdaderas las dos afirmaciones de Jesús referidas a sus discípulos: «que se niegue a sí mismo, que cargue cada día con su cruz» (Lc 9,23) y a la vez «mi yugo es  llevadero y mi carga ligera» (Mt 11,30).

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