Educación y Familia.

Quien tiene un amigo, tiene un tesoro.

Hace poco un buen amigo me habló del diálogo de la amistad de San Elredo, monje cisterciense del siglo XII que compuso un maravilloso tratado que le valió el título cariñoso de “Doctor de la Amistad Cristiana”. Al sumergirme entre sus páginas, una pregunta comenzó a resonar en mí “¿cuál es la verdadera amistad?”. Y poco a poco, la respuesta fue surgiendo: para que nazca una verdadera amistad no son necesarias dos personas ¡sino tres! Un tercero que precede y preside la relación entre uno y otro.

 

La gratuidad de la amistad

Por supuesto existen distintos grados de amistad; tenemos a los “amigos” de pádel, fútbol o baile; los amigos del colegio, la universidad y los del trabajo; los amigos que nos siguen en redes sociales, y un largo etcétera que sería difícil abarcar en pocas líneas. Aún así, la mayoría coincidiremos en afirmar que un buen amigo es aquel con el que establecemos una relación de gratuidad, no me tiene por qué reportar algo “útil” más allá de la amistad misma que compartimos. Como bien dice Elredo: «todavía no sabe qué es la amistad, aquel que quiere obtener de ella otro beneficio fuera de ella misma» (II, 61). Esto no quiere decir que no reconozcamos que la amistad nos ayuda a crecer, a conocernos a nosotros mismos o que nos reporta otros bienes intangibles; el amigo es medicina de vida, pero sería una lástima buscar un amigo para lograr estos fines.

 

Jesús nos llamó amigos

Un cristiano sabe que la amistad es fundamental en su existencia. Tiene la certeza de que pase lo que pase, no estará solo. Jesús nos llamó amigos, y al hacerlo dio la mayor dignidad posible a nuestras relaciones. Cuando damos un paso más allá y construimos nuestras amistades desde su mandamiento único: «amaos los unos a los otros como yo os he amado» y siendo conscientes de que «no hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (Jn 15,12-13), es cuando verdaderamente ese vínculo se transforma en uno de los regalos más preciados. Quien tiene un amigo, tiene un tesoro.

 

Un camino con muchas etapas

En la Antigüedad se pensaba que la verdadera amistad estaba reservada para los buenos, para los virtuosos. No obstante, hoy reconocemos que la amistad es un proceso, un camino a transitar con muchas etapas que uno ha de estar dispuesto a recorrer. Un amigo es alguien en quien confiar, con quien podemos compartir las distintas circunstancias de la vida. Con él, las cosas que nos hacen felices se tornan más espléndidas, las tristes más livianas, se modera la prosperidad y mitiga la adversidad. Cuando uno tiene la suerte de tener un amigo así, le resulta fácil hacer suyas las siguientes palabras: «no hay nada que no haría por aquellos que son realmente mis amigos. No tengo noción de amar a la gente a medias, no es mi naturaleza» (La abadía de Northanger, Jane Austen).

Es Dios el que abre nuestro corazón a la amistad, lugar de encuentro con otro distinto y factor que nos facilita el acercarnos a la experiencia de la fe. Lejos de desviarnos de nuestro verdadero fin, un amigo puede ser un aliciente real para llegar a él, a gozar de la amistad con —y en— Cristo que será plena en la eternidad.

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