San Ignacio de Loyola | © ITESO

San Ignacio de Loyola | © ITESO

 

Desde la espiritualidad ignaciana que hemos recibido de nuestro fundador, P. José Manuel Pereda Crespo, nuestra misión como Siervos de Jesús es ayudar a los hombres a entregarse a su propia misión. Por ello, acompañar espiritualmente, en especial al dar Ejercicios Espirituales, es una de nuestras tareas más importantes. Tan importante que una comunidad de Siervos de Jesús en México atiende, con dedicación exclusiva, a cientos de ejercitantes al año.

 

Acompañar espiritualmente: ayudar a encontrar la voluntad de Dios

 

Parece obvio señalar que al hablar de vida espiritual se está hablando de la obra que realiza el Espíritu Santo en nosotros más que las obras que uno mismo busca realizar devotamente. En todo caso éstas serían una correspondencia o colaboración con aquello que lleva la primacía: la gracia.

Después de recibir la gracia de la conversión, san Ignacio sintió la necesidad de ayudar a las personas a encontrar la voluntad de Dios en su vida. El santo había recibido esta ayuda, con gran provecho para su alma, en la búsqueda incansable de la voluntad de Dios. Esta experiencia personal va a quedar plasmada en toda la espiritualidad ignaciana y especialmente recogida en los Ejercicios Espirituales y en su amplia obra epistolar.

En Ignacio, el acompañamiento espiritual no son consejos o comentarios piadosos. Son exhortaciones a adentrarse en la búsqueda profunda de cuál es la voluntad de Dios para uno. Incluso cuando se trata de discurrir sobre temas que afectan a la vida diaria y que no parecieran necesarios de revisar a la luz de la gracia. Para san Ignacio, todo se pone ante Dios con total libertad interior «sin determinarse movido por alguna afección desordenada» (EE 21), en indiferencia; y «solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce» (EE 21) a la voluntad de Dios.

 

Acompañar espiritualmente es caminar con el otro en la búsqueda de la voluntad de Dios.

 

Servir y dejar obrar a Dios

 

Desde el comienzo del libro de los Ejercicios, Ignacio indica que se requiere de una persona que acompañe y otra que sea acompañada: «Anotaciones para (…) ayudarse así el que los ha de dar como el que los ha de recibir» (EE 1). Ninguno va a tomar un papel protagónico. El protagonista es Dios. Pero la tarea del que da los Ejercicios, del que acompaña, es ponerse al servicio de Dios y de las almas. Dicho de otro modo, el modo de proceder del que acompaña espiritualmente está más en el servir y dejar obrar a Dios. 

Este modo de acompañar sirviendo es favorecer el reconocimiento, a través del discernimiento, de lo que el Espíritu quiere hacer en el alma. No es sustituir, sino poner a la persona ante Dios, y cor ad cor loquitur, el corazón hablará al corazón.

 

Caminar, animar y respetar la conciencia de la persona

 

Acompañar espiritualmente también es ayudar a reconocer los signos y señales que se presentan como mociones internas para discurrir de dónde provienen, de qué espíritu proceden; las del mal espíritu para rechazarlas y las del buen espíritu para recibirlas (vid. EE 313).

Es caminar con el otro en el proceso de la búsqueda de la voluntad de Dios en la propia vida, animando a escuchar en su interior la voz de Dios, reconociéndola de entre otras voces o sonidos que resuenan en su corazón.

Es animar, una vez hallada la voluntad de Dios, a ponerla por obra libre y generosamente determinándose por ella. Configurar la propia voluntad con la voluntad divina. Querer y hacer lo que Dios quiere no como un mero acto de obediencia formal (que ya por sí es meritorio y bueno) sino estar abierto, disponible para que, como María, él haga en mí su querer.

Es respetar la conciencia de la persona enseñándole a seguir los caminos del Espíritu. Avanzando en la vida con total abandono y confianza sabiéndose siempre ante la mirada amorosa de Dios. En fin, acompañar espiritualmente es ponerse al servicio del amor de Dios.

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