
El dardo de la belleza | Foto: © Serge Kutuzov on Unsplash
«Dad razón de vuestra esperanza a quien la pidiere, pero con mansedumbre y respeto» (1Pe 3,15). Las palabras de Pedro dan luz para discernir cómo estar en nuestro mundo. Mundo que parece no acordarse de Dios, que incluso lo desprecia al igual que a su Iglesia.
La belleza y los santos, la mejor apología
Sabemos que la fe es un regalo inmerecido. Hemos experimentado que todo lo que tenemos se nos ha dado sin mérito alguno. Y también sabemos que la fe es un tesoro que llevamos «en vasijas de barro» (2Co 4,7), que somos «siervos inútiles» (Lc 17,10) necesitados en todo momento del soplo del Espíritu. Pero con facilidad nos sale el “hombre viejo” y desaparece la humildad, nos hacemos dueños de ese tesoro y lo manejamos como cosa propia, con impaciencia, según nuestros criterios. A veces hasta con sentimientos y gestos de superioridad hacia quien no tiene fe. La polémica y el gusto por tener razón son vías que rápidamente nos llevan muy lejos de la mansedumbre y el respeto.
El cardenal Ratzinger expuso, en una conferencia en 2002, cómo la dialéctica es una herramienta insuficiente, porque el discurso argumentativo puede mover a la razón de una a otra dirección muy fácilmente. El encuentro con la belleza y con los santos son, en su opinión, la mejor apología.
El dardo de la belleza atraviesa el corazón de la persona. Colma nuestro deseo de que las cosas estén bien, sean buenas, pero también nos lleva a donde no imaginábamos. Nos descubre lo que no conocíamos, nos propone un camino nuevo, costoso quizá, pero auténtico. La belleza no consiente la mentira, nos aleja de lo feo, de lo que envilece y aísla.
Después de la Encarnación sabemos que la mayor gloria apareció allí donde el dolor fue también extremo, porque tuvo lugar el amor más grande. Es obra maravillosa de la fe integrar el dolor y el sufrimiento en la verdadera belleza, superando el mero esteticismo.
Dar razón «a quien la pidiere»
No debemos temer que seguir el camino de la belleza sea algo irracional. Al revés, es lo más racional, cuando es verdadera belleza, porque es una manifestación de la realidad misma que supera nuestras explicaciones sobre ella, por más que sean acertadas y necesarias en determinadas ocasiones.
Dar razón «a quien la pidiere» requiere invertir tiempo para que suceda el encuentro real con el otro. Conocer qué pide, qué necesita. El tiempo para que afloren sus dificultades, sus miedos, sus gustos (y los nuestros) y que nos permita ver la acción de Dios. Es tarea cristiana discernir cuáles son los espacios de belleza y bondad que Dios nos ofrece, propiciarlos y compartirlos.
Pidamos su gracia. Que el rostro amoroso de Jesús, fuente de toda Belleza, cuya paciencia con cada uno de nosotros es infinita, vaya limando nuestros corazones y moldeándonos según su corazón. Que nos enseñe a padecer por amor a la verdad y a esperar, confiados en su providencia, que llegue al otro ese gesto que nos pide, ese gesto que necesita.

