
El P. Gilberto Chávez, S. de J., visitando la capilla de una aldea en Olanchito (Honduras).
Quien ha tenido algún contacto con niños, ya sean propios o ajenos, percibe que hay algo de misterio en esa vida que se desarrolla ante sus ojos. La primera bocanada de aire al nacer, su primera sonrisa, sus primeros pasos, las primeras palabras balbuceantes… todo es un milagro que no tenemos aún muy claro cómo se origina. Lo mismo pasa con su espiritualidad: desde el principio, el niño está con Dios y Dios con él.
El punto de partida común
Todos nacemos en una relación íntima y personal con nuestro Creador, con un potencial espiritual único e intransferible que no depende de la edad, la madurez o la capacidad de uno. Todo está ahí desde el inicio, sólo hace falta reconocerlo y cuidarlo. Por esto, la experiencia religiosa no es un objetivo que alcanzar, sino el punto de partida común a todos, que evoluciona con nosotros.
Durante la infancia se han de desarrollar no sólo la inteligencia, la empatía y la vida en sociedad, sino también la espiritualidad. Y ésta sólo puede ser reconocida y acogida adecuadamente con un sano desarrollo psicológico del niño: si se siente protegido y querido por su padre, no tendrá dificultades en reconocer la paternidad de Dios Padre, de quien recibe todo gratuitamente. No obstante, esta capacidad de reconocimiento es vulnerable, pudiendo llegar a desaparecer si es ignorada o el propio niño desatendido o incomprendido.
Vínculos sanos, también con Dios
El sentimiento básico de confianza se desarrolla desde los primeros años de vida en el seno de la familia: desde su concepción, el bebé se vincula con un adulto que le protege, acompaña, cuida, ejerce de base segura en sus estados de miedo o malestar, sirviendo también de apoyo para la exploración del mundo físico y social y dándole un sentido y una explicación a lo que va experimentando por sí mismo.
Dependiendo de cómo los primeros cuidadores cumplan estas funciones con mayor o menor seguridad, el niño va a ir desarrollando un modo de sentir y pensar que le permitirá relacionarse consigo mismo y con los demás, brindando la oportunidad de establecer vínculos sanos con otros y de igual modo con Dios. Y es este vínculo trascendental el que tiene el poder de sanar nuestras relaciones humanas —tempranas o adultas— no siempre del todo ordenadas.
Hacer presente a Dios en lo cotidiano
Es por ello necesario que, como adultos, ofrezcamos a los niños un ambiente de confianza y seguridad que facilite su crecimiento en la fe. En dicho entorno podrán encontrar el empuje que esperan para descubrir el mundo. Y en caso de decepción, el apoyo que necesitan para volver a ese refugio seguro donde se les acogerá y ayudará a comprender e integrar aquello que no hayan sabido reconocer por sí solos.
Aquellas vivencias serán el sustrato necesario para que, en lo cotidiano, Dios se haga presente en su vida como uno más al que tener en cuenta, del que fiarse y al que acudir como un amigo. Primero, con la sencillez propia de la niñez; y en el futuro, también como adulto agradecido.

