Colegiata de Toro, Zamora.

El Pórtico de la Majestad de la Colegiata de Santa María la Mayor en Toro, Zamora.

 

En ocasiones se cruza en nuestro camino el verdadero arte. No siempre ocurre. Porque no basta con una buena técnica, ni con un saber erudito, ni con buscar un discurso útil para la sociedad, o la mera transgresión de lo precendente. No, el arte introduce una novedad que antes no podíamos prever y que tampoco después podemos explicar del todo. De hecho, al tratar de analizar por qué esta obra nos ha cautivado, lo más seguro es que perdamos de vista ese resplandor que claramente percibimos y que nos dejó mudos. Como diría Chesterton, la poesía se vuelve aburrida si te la explica un pedante. Cierto que podemos entender éste o aquel aspecto de la obra, de la técnica artística, de la intención del autor, pero conviene respetar la obra como tal, sin querer dominarla, porque la experiencia del encuentro con ella siempre será más que la comprensión de ciertos aspectos parciales.

 

Lo que sí sabemos y lo que necesitábamos

Lo que sí sabemos es que era eso lo que necesitábamos, aunque lo ignorábamos: quizá nuestra lógica sufra ante el ingenuo argumento de una comedia de enredo del Siglo de Oro, pero la alegría que nos transmite es algo genial, único, auténtico.

Puede que nuestro gusto moderno no encaje con los escorzos y el dorado de los pintores flamencos… pero uno sólo puede guardar silencio reverente delante de esas tablas y entender que la humanidad es, en realidad, algo muy noble.

Escuchar el Cuarteto para el final de los tiempos de Messiaen, compuesto para los pocos instrumentos viejos de un campo de concentración, es compartir el sufrimiento de tantos hermanos que han vivido la guerra, pero también la esperanza que asoma ahí mismo.

La vida es mucho más de lo poco que cada uno experimentamos y entendemos. Necesitábamos encontrarnos con Dulcinea para entender que las princesas de verdad no son las que sólo lo parecen. Y ver a Eneas cargando a su padre a hombros mientras Troya ardía para descubrir la verdadera piedad. Y a Falstaff para ser capaces de reírnos de nosotros mismos…

 

Somos custodios

Como la vida, el arte no puede retenerse, controlarse, guardarse en un cajón para cuando nos falte. Al contrario, sólo podemos abrir las manos deseando soltar todos nuestros esquemas con tal de no perder la atención a esa luz que hemos visto, a esa novedad que nos invita a seguir su estela, y que es lo realmente importante. Sólo podemos esperar que se nos dará cuando volvamos a necesitarla. Que estará ahí la fuente a la que volver cuando estemos sedientos, cuando, en el penar cotidiano, en las luchas, en los desencuentros, en los malentendidos, no veamos horizonte, y todo se cierre y el yo sienta la tentación de encerrarse en un monólogo sin fin y sin sentido. Entonces acudiremos a los maestros, esperando encontrar en su obra esa luz que nos aleje de las tristes mezquindades cotidianas y nos devuelva al espacio amplio de la verdad. Ellos, «por la vía de la belleza nos muestran el camino a seguir», dice el Papa Francisco.

Nuestros mayores trataron de guardar para nosotros el trabajo de quienes nos han precedido. Ahora somos nosotros sus custodios; pronto lo necesitarán quienes tomen nuestro relevo en la historia del mundo.

 

*Por dificultades técnicas no hemos podido subir aún la grabación del audio a nuestros canales de Spotify ni Anchor. En breves estará disponible.

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