Transformar nuestra vida en una fiesta

¡Hip, hip, hurra! (1888) Peder Severin Krøyer

 

Nuestro mundo necesita el testimonio de la alegría, según Madeleine Delbrêl. El testimonio de quien sonríe y tiene siempre algo que celebrar. Podemos celebrar todo lo que se nos da, celebrarlo con los demás, con los que comparten nuestra existencia. Celebrar lo menudo de cada día, y lo grande, cuando sucede. Celebrar el tiempo en que vivimos, porque es el tiempo que se nos ha ofrecido.

La fiesta es un invento de la humanidad a la que Jesucristo dio su valor definitivo. Él, que dedicó el primer milagro a que no faltara vino en una boda, que participó en banquetes, que deseó mucho celebrar la Pascua con sus discípulos, aunque estuviera cerca el dolor.

Hay momentos de angustia, de dolor. Pero también momentos de alegría. Hemos conocido el sufrimiento, pero también el gozo que lo ha vencido. Si no, vana sería nuestra esperanza (cf. 1 Cor 15). Si no queremos hacer inútil la cruz del Señor, si conocemos su salvación y su resurrección, no podemos olvidar nunca esa esperanza nuestra. Por eso tenemos que llegar a la fiesta habiendo dejado atrás lo triste, lo difícil, lo oprimente, como un servicio que se ofrece a los demás.

 

La fiesta es fecunda

 

La fiesta cristiana, según Adrienne von Speyr, se distingue porque es fecunda: «aun si el motivo que es celebrado es aparentemente algo circunscrito y delimitado, el sentido de la fiesta cristiana apunta siempre hacia algo que deviene, hacia algo infinito. Parece que se celebra sólo algo determinado en el presente y sin embargo es importante para el futuro. En lo profundo se distingue de las demás fiestas en que debe llegar a ser fecunda. Como fruto ha de ser gozada, pero como semilla debe llegar a ser fecunda».

Hace falta ser valiente y libre; hay que dar un sí a lo que se nos da, que es lo único liberador, y abrazar eso que tenemos. Mantener el corazón esperanzado incluso en las situaciones difíciles. No podemos acumular rencores, ni remordimientos. Se trata de vivir esperando en un Padre que es misericordioso, providente y todopoderoso. De esta manera la fiesta será un espacio libre de cálculos de eficacia, en el que no se busquen recompensas, logros, éxitos ni compensaciones.

 

Alegrarnos con lo que Le alegra

 

Será importante distinguir lo que viene de Dios y lo que no, lo que nos aleja y lo que nos acerca a Él, para que nos alegre lo que le alegra. Habrá que distinguir lo noble de lo vulgar, lo puro de lo impuro, tratando de que en nuestras celebraciones se reconozca siempre la impronta del Señor.

También nuestra liturgia está llena de fiestas. Cada evento de nuestra salvación es celebrado, y nos alegramos por cada uno de los hermanos que nos han precedido en el camino al Cielo. Adrienne von Speyr nos recuerda, además, que las fiestas de la Iglesia representan su relación con el Señor: la oración será el modo de transportarnos al estado de ánimo, festivo, de la Iglesia, para asemejar nuestra celebración a la de ella.

Incluso podemos pedir lo que sugiere nuestra autora: «que el Señor nos quiera donar siempre más alegría en todo lo que a Él lo alegra y aquello en lo que Él se ocupa, y que podamos transformar toda nuestra vida, siempre más, en una, abierta o escondida, fiesta cristiana».

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