
Huyendo de la crítica (1874) Pere Borrel del Caso
Un verano más nuestros niños han sido protagonistas de los campamentos, acompañados por sacerdotes, catequistas y, en especial, los jóvenes voluntarios que han querido regalarles parte de sus vacaciones. Muchas cosas se han dicho respecto de esos jóvenes: son una promesa, pero también un dolor de cabeza; son la esperanza, pero también la viva imagen de la irresponsabilidad. Decimos, lamentándonos, que son inmaduros, pero ¿ser joven no implica precisamente el madurar y por tanto el ser inmaduro, estar en proceso?
Así como se ha dicho mucho de ellos, hoy es bastante común oír a los jóvenes decir que se sienten como “oprimidos”, “aplastados” cada vez que su corazón busca un modo de alcanzar la felicidad de la que nadie parece hablar. Suelen mostrarse deseosos de cambiar las cosas, pero no saben cómo.
¿Qué será lo que hace que estos jóvenes se comprometan por unas semanas en un voluntariado que no se paga (cuidar de niños en un campamento de verano) y en el que continuamente se pide todo de ellos? ¿Tiempo, corazón, energía, amor?
Puede tratarse, por un lado, del afecto gratuito que los niños les ofrecen y con el que corresponden. Otras veces se trata de la amistad entre los mismos jóvenes. Quizás es esto y también algo más.
La verdadera provocación
En ellos el corazón está esperando una provocación auténtica, algo que los incite a un Bien más grande que requiere la total donación de sí y de todo lo que se tiene, incluida la propia inmadurez, la propia fragilidad. Por este motivo nada puede quedar excluido, nada puede ser censurado. ¡De otro modo se rebelarían! Quieren donarse por completo así como son, sin esconderse, al menos por una vez.
Esta auténtica provocación, sin embargo, no puede surgir de un plan pastoral a priori, que no tenga en cuenta sus concretas necesidades y circunstancias. Tampoco puede provenir de una «gran personalidad» arrolladora que ate a sí a quién debería ser ligado al Señor.
Esta provocación tiene que provenir de la realidad en la que Dios les habla misteriosamente: los niños. Suscitan en ellos quizás la nostalgia de tiempos más bellos, pero también les hacen sentirse hermanos o amigos protectores; los niños que acogen su donación así como es, sin censurarla; los niños que exigen todo, que recuerdan a los jóvenes quiénes son.
La amistad con Dios
Para madurar se requiere paciencia y responder a una provocación, a algo que haga vislumbrar la grandeza de mi origen y mi destino. Para madurar es necesario abrazar la forma que Dios da a través del don de su amistad. Para dejar que nuestros jóvenes maduren se necesita no tanto –o no solamente– dirigirlos, sino más bien acompañarlos, madurar junto con ellos, dejarse provocar por la realidad con ellos. En cierto sentido, seguirlos allí donde ellos quieran ir y aprender con ellos, de nuevo y de nuevo y de nuevo, que el ser-niño es el modo adecuado de existir.
El destino de nuestros jóvenes está ante ellos y les espera con una fuerza aún más grande que la fuerza con la que, quizás inconscientemente, están esperando una provocación del cielo. Abrazar una provocación semejante es la libertad que buscan.

