Los niños no solo aprenden a través del comportamiento adulto

Los niños no solo aprenden a través del comportamiento adulto.

 

Imagina que tienes delante un plato de fino jamón ibérico. El primer bocado es un placer: el sabor, aroma, textura. Si comes con calma, lo disfrutas al máximo. Pero si empiezas a comer sin parar, algo cambia: dejas de saborearlo. Tu paladar se satura y, al final, terminas empachado. Lo mismo sucede con los niños y las pantallas.

 

A través del ejemplo

 

Cuando se les sobrecarga de estímulos rápidos y constantes, su cerebro se acostumbra a necesitar cada vez más para obtener el mismo placer. Esto puede generar dependencia y, en casos extremos, desembocar en adicciones. La corteza prefrontal de los niños —la parte del cerebro encargada del autocontrol— aún está en desarrollo, por lo que no pueden regular estos impulsos por sí mismos.

¿Cómo podemos guiar a los pequeños? Una forma de hacerlo es a través del ejemplo: «No te preocupes si tus hijos no te escuchan, te observan todo el día», decía santa Teresa de Calcuta. Si un niño nos ve estresados y que nos refugiamos en una pantalla, aprenderá que allí encontrará una gratificación. Si nos observa detenernos a saborear un libro o una conversación, percibirá que el placer está en la pausa, no en la vorágine. Y si ve que el uso de la tecnología es mesurado, podrá disfrutar una buena película como quien degusta un buen plato: atento a cada detalle.

 

Un entorno seguro para experimentar

 

Por otro lado, los niños no solo aprenden a través del comportamiento adulto. Es nuestro papel protegerles de los peligros más extremos, pero también ofrecerles con cariño experiencias variadas, de forma gradual y acorde a su edad. De esta forma, les brindamos las herramientas necesarias para que, poco a poco, desarrollen su autonomía.

No podemos controlar todo lo que les sucederá a lo largo de su vida, pero sí podemos intentar prepararlos para afrontarlo con cierto criterio y equilibrio. ¿Cómo? Proporcionándoles un entorno seguro, a modo de ensayo, en el que puedan aprender a regular sus deseos, a reconocer sus propios límites, fortalezas y, en definitiva, experimentar la realidad. Así, cuando se enfrenten al exceso o a la inmediatez, tendrán las herramientas para observar, discernir y vivir con verdadera plenitud.

 

Ayudarles a comprender lo que han experimentado

 

En este proceso, tanto la imitación como el desarrollo en un entorno controlado juegan papeles esenciales. Sin embargo, hay una tercera forma de ayudarles a crecer: la experiencia propia. Mientras que la imitación ofrece modelos valiosos para aprender a comportarse y el entorno seguro brinda un marco de ensayo y error, las experiencias personales permiten integrar ese aprendizaje de manera profunda. Alguna vez vivirán por sí mismos las consecuencias de un exceso, ya sea el empacho o la saturación de estímulos. Lo importante es estar ahí después, para ayudarles a comprender lo que han experimentado y acompañarles en el proceso de reflexionar y aprender de ello.

En definitiva, enseñarles a saborear la realidad pasa por dar ejemplo, ofrecerles un entorno de pruebas y permitirles que hagan experiencia; es guiar su crecimiento de manera que les ayudemos a vivir plenamente según lo que ya son, para que puedan llegar a convertirse en lo que están llamados a ser. Al modo de san Ignacio, educar es enseñar para degustar: gustar y sentir internamente cada bocado de la vida que se nos ofrece.

 

 

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver
Privacidad