
Emitir un juicio no excluye necesariamente la posibilidad de un encuentro con quien opina lo contrario.
Es fácil caer en la corriente de la queja cuando algo va mal, dejarse arrastrar por el desánimo, acomodarse entre los que piensan de la misma manera, alentando el desencuentro con los otros. Permanecer en el espacio que sentimos nuestro y atrincherarnos ahí es lo más cómodo.
En soledad se construye poco
Puede que debamos afirmar lo justo, pero hay que hacerlo con bondad, y esto es un arte difícil y un trabajo constante. Que llegue el momento de emitir un juicio no excluye necesariamente la posibilidad de un encuentro con quien opina lo contrario. Se trata de que entre la luz, no de que las tinieblas se extiendan aumentando la división.
Abrir espacios de encuentro personal, de diálogo profundo, abierto y sincero, en los que quepamos todos y en los que podamos hablar, es sumamente delicado, pero ahí nos jugamos mucho. En soledad se construye poco. Necesitamos a los demás. También a los que no piensan como nosotros, pero que comparten el camino de nuestras vidas. Cada persona aporta algo único, insustituible.
Lo que se nos pide es un regalo
¿Cómo decir la palabra justa, la que dice la verdad, sin que nos lleve la ira ni nos detenga el miedo, con un corazón desapegado, libre? ¿Cómo buscar la justicia, no que triunfe nuestra vanidad? ¿Cómo desprenderse después de esa labor realizada, como el siervo que dice “inútil soy”, sin quedarse nada?
Desde luego, sabemos que necesitamos a Dios, pero lo olvidamos. Sabemos que solo su Espíritu es Santo, que solo él es capaz de transformar y hacer nuevas todas las cosas. Pero sigue siendo un ejercicio de aguda esperanza confiar en que cambiará nuestro corazón. Quizá hemos de equivocarnos muchas veces para después comprender que solo su gracia nos lo puede alcanzar.
Y llegará su gracia porque Jesús mismo lo afirma: «vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,13- 14). Realizar lo que se nos pide es en realidad un regalo, una respuesta que está ya contenida en la gracia de cada instante. Pero para eso hay que recibir el regalo, eliminando todo lo que estorba y roba sitio a esa novedad que Dios quiere darnos.
Lo que se nos exige es lo que ya se nos da
Solo su Espíritu Santo sabe qué es lo que el mundo necesita, cuál es el gesto o la palabra que se precisan en cada momento. Pegados a él podemos conducir al mundo algo de su bondad, introducir rayos de luz en los espacios donde hay oscuridad, poner claridad en la confusión, y siempre alegría.
Nos acompañan siempre la oración, los sacramentos y todos los santos del cielo. «Al que mucho se le dio mucho se le exigirá» (Lc 12,48) dice también Jesús. Lo que se nos exige es lo que ya se nos da.
Pedimos a Santa María, Reina de la Paz, saber acoger en nuestro corazón eso que Dios quiere darnos para que lo entreguemos al mundo. Ella es madre de todos y a todos nos espera en el cielo. Que por su intercesión lo que nos une a nuestros hermanos sea cada vez más, y lo que nos separa, menos.

