
Maternidad (detalle, 1905) Stanislaw Wyspiański | © Museo Nacional de Croacia
A los cuatro meses del nacimiento de mi hijo, acudí a la revisión que me tocaba con el ginecólogo. Antes de terminar, el médico, no mucho mayor que yo, me preguntó qué método anticonceptivo estaba usando en aquel momento. «Eh… reconocimiento de la fertilidad» le respondí con cierta timidez que fue mudando en incomodidad cuando, mirándome con visible ironía, me dijo: «Pues tú verás si quieres quedarte embarazada otra vez y con un bebé de cuatro meses». Luego, siguió tecleando en su ordenador.
Este episodio se repitió a la semana siguiente, más o menos con las mismas palabras, con la matrona del centro de salud. Y yo que pensé, ingenuamente, que ella, por ser mujer, sería más empática. Al menos, más delicada.
Da la sensación, con esta clase de expresiones, en las conversaciones, y a nivel más “público”, con las campañas de las administraciones a favor de los anticonceptivos, que hay un desconocimiento casi total del reconocimiento de la fertilidad. Y lo que se presenta como «salud reproductiva» de la mujer en realidad patologiza realidades biológicas naturales.
Tanto en la retórica feminista como en la medicina convencional hay un modo de decir las cosas que reafirma este paradigma de la «patología»: para ser «saludables» y «libres», las mujeres deben funcionar, biológicamente hablando, de la forma más parecida posible a los hombres. Lo que es exclusivamente femenino, entonces, se considera «una condición médica» que debe tratarse, «un problema» que debe resolverse.
Doloroso espejismo
Además, las políticas públicas no ayudan sino que suelen apoyar una vivencia de la sexualidad desintegrada, motivada por el puro placer, sin considerar (u omitiendo deliberadamente) las secuelas personales, físicas, emocionales o espirituales que puede acarrear.
A través del fomento y subvención de los anticonceptivos hormonales y de los métodos de esterilización como vías exclusivas del control o supresión de la fertilidad, se desgajan los dos fines propios del acto conyugal: el unitivo y procreativo. Esto provoca un doloroso espejismo de entrega que es, en realidad, una búsqueda del placer propio, sin poder acoger ni ser acogido realmente en toda nuestra realidad (con nuestro pasado, presente y futuro). Hablamos por tanto, no solo de cómo se concibe la fertilidad sino también la sexualidad humana.
Acoger la fertilidad
El reconocimiento de la fertilidad es un tema complejo. Además, hay mucho desconocimiento, incluso -a veces en la realidad católica. Acoger la fertilidad implica un profundo entendimiento mutuo de la pareja así como de una acogida sincera, especialmente con una apertura a lo que Dios quiera de los esposos.
Es un bonito camino el de reconocer e identificar la fertilidad para el que aprenderemos a mirar «por completo» a la persona y a aceptarla en su totalidad.

