«No decir palabra ociosa; la cual entiendo, ni a mí ni a otros aprovecha, ni a tal intención se ordena» (Ejercicios Espirituales n. 40)
El texto está tomado del examen general en los Ejercicios Espirituales y aplica la enseñanza de Jesús de Mt 12,36. San Ignacio en seguida explica lo que entiende por palabra ociosa: la que no aprovecha a nadie y que, además, no tiene la intención de querer aprovechar, de hacer bien. La palabra está en la boca y la intención en el corazón. Para seguir este consejo, por tanto, hay que ir al corazón, de donde salen las palabras.
Mirando a la intención con la que empleamos las palabras: por el gusto de chismorrear, de criticar, de expresar superioridad, de denigrar a otros o hacerlos sentir inferiores. Si las palabras nacen de estas intenciones torcidas, no aprovechan a quienes las oyen ni a quienes las pronuncian. También son palabras ociosas la frivolidad, el “cacarear”, jactarse, hablar por hablar sin una verdadera comunicación viva o el simple “monologar”, de modo que solo mi voz se escuche.

