
La adoración de los Reyes Magos (1612) Juan Bautista Maíno | © Museo del Prado
Cuenta el Evangelio de san Mateo que al poco tiempo de nacer Jesús llegaron a Jerusalén unos magos venidos del oriente que buscaban al rey de los judíos para adorarle. Sabían de su nacimiento porque habían visto su estrella y el signo del Cielo les había hecho ponerse en camino.
Es imaginable la perplejidad de estos sabios al llegar a Jerusalén y preguntar a Herodes. Encuentran allí a los «principales sacerdotes y los escribas del Pueblo» que contestan sin dudar, de carrerilla y con precisión, dónde está ese rey al que ellos llevan largas jornadas buscando: «Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta: Y tú, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; porque de ti saldrá un guiador, que apacentará a mi pueblo Israel» (Mt 2,4-6).
A esas alturas del viaje, la estrella se había ocultado y son precisamente los escribas y los sacerdotes los que proporcionan las coordenadas para encontrar a Cristo. Ellos sabían, tenían todo el conocimiento, los datos, la precisión… ¡pero no se movieron de Jerusalén! Les había nacido a pocos kilómetros el rey anunciado desde antiguo, sabían dónde… y se quedaron en casa. Ni siquiera cuando los sabios les anuncian el prodigio de la estrella se ponen en marcha.
Mirar la estrella de lo alto
¿Por qué no se movieron los sacerdotes y los escribas si eran los que sabían? Quizá a los sacerdotes y los escribas les sobraba conocimiento, pero les faltaba esperanza. Quizá habían perdido el deseo, la inquietud el corazón. Quizá pensaban que algo tan grande no podía sucederles a ellos y no creyeron en un Dios que podía sorprenderles. Quizá les faltaba levantar la cabeza y mirar la estrella de lo alto, la gracia que nos es regalada y que empuja, que va siempre por delante, nos precede y es un regalo inmerecido (Cfr. Mt 2,9).
Al alejarse de los desesperanzados, de los ahítos de conocimiento y faltos de gracia, los Magos recuperan la estrella y llegan junto al Niño para adorarle. El paso por Jerusalén fue necesario para ellos. El contacto con los sabios, los sacerdotes y el mismo Herodes tuvo que ayudarles a comprender que el Niño tenía que estar en un lugar completamente diferente, sin sabidurías humanas cegadoras ni riquezas que crean falsas seguridades. Jerusalén y su palacio eran imprescindibles para terminar de romper cualquier esquema humano y ayudarles a reconocer a Dios en aquel pequeño niño y en sus humildes padres.
La búsqueda de Dios
Los Reyes Magos se alegraron mucho al recuperar esa estrella que simboliza la fuerza de la gracia. Al llegar a Belén entraron en la casa y «vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron» (Mt 2,11). Es sin duda un ver del corazón, un ver más allá de los ojos. Es el ver que nos permite reconocer la realidad de las cosas según la lógica de Dios.
El viaje de los Magos nos recuerda que la búsqueda de Dios está llena de incertidumbres, pero siempre guiada por una estrella, la gracia que nos precede y nos acompaña. Nos enseña a no quedarnos en Jerusalén, paralizados por el exceso de certezas o por la comodidad de lo conocido, sino a caminar hacia Belén, hacia el misterio, hacia la sencillez donde Dios se revela. Como ellos, estamos llamados a dejarnos transformar por el encuentro. Y una vez que reconocemos al Niño nuestra vida ya no puede ser la misma: volvemos «por otro camino», porque todo lo que hemos visto y vivido nos ha cambiado.

