
Sólo «Dios es el que es, mientras que el hombre es el que se va haciendo»
El infinito no le sienta bien a todo el mundo. Hay que ser poeta o hay que estar completamente enamorado de Dios para no tenerle miedo al espacio ilimitado que se extiende más allá del horizonte. Ese lugar en el que los santos aseguran que ya «no hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3,28) y en el que los poetas afirman que «hay que olvidarse de sí y obedecer a lo que se ha visto» (Flannery O’Connor).
Cuando se comprende en qué consiste nuestra libertad como cristianos, al vértigo inicial le sucede la imposibilidad de volver a aceptar las viejas fronteras. Sin embargo, la geografía, tanto física como espiritual, se ve constantemente interrumpida por barreras que pretenden asegurar a base de excluir. Naciones, facciones, ideologías, grupos, partidos, corrientes, familias; trabas, en fin, que pretenden clasificar a los que el bautismo ha convertido en iguales.
Evitar esos peajes y, si hiciese falta, incluso saltarlos, es tan necesario como poco agradable, pero una vez más son los santos y los poetas, expertos en el arte de burlar las aduanas, quienes nos aconsejan: «pues fui tan alto, tan alto, / que le di a la caza alcance» (san Juan de la Cruz).
La paradoja de ser libre sin egoísmo, de avanzar desde una aparente inmovilidad, la empezó a resolver san Antonio Abad a mediados del siglo III y su hallazgo lo continuaron desarrollando los Padres del desierto y los fundadores de las grandes órdenes: el monje, inicialmente aislado por completo de la sociedad, reza por todos y cumple a la perfección las instrucciones recibidas para alcanzar la verdadera libertad: «amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian» (Lc 6,27-28). Desde la quietud sujeta a sus votos, los anacoretas recorren y dibujan los mapas del espacio más amplio que se pueda abarcar.
¿Cómo explicar esta amplitud a quienes le tienen miedo al campo abierto, al mar abierto, al cielo abierto? Habrá que recordar que el horizonte es una ilusión óptica, que fuimos creados para avanzar, que sólo «Dios es el que es, mientras que el hombre es el que se va haciendo» (san Ireneo de Lyon) y que una vez abandonada la comodidad de la certeza y echados a andar, tendremos como guías a los caminantes que nos precedieron, aquellos santos y poetas que entendieron el idioma del infinito y entonces «todo hablará / al alma, en secreto / su dulce lengua natal» (Charles Baudelaire).

